Alfonso García López: el obispo del manglar y la resistencia
Las noticias que llegan desde Roma a veces parecen trazadas con mano lejana. Pero hay ocasiones —pocas— en las que el Vaticano pone el oído en el corazón del mundo. La reciente designación del presbítero chocoano Alfonso García López como nuevo Vicario Apostólico de Guapi, por parte del Papa León XIV, es una de esas raras veces.
Guapi es un eco que reverbera entre ríos espesos, cantos de tambor, promesas sin cumplir y cultos sin techo. Allí donde el Estado bordea su propia sombra, la Iglesia ha sido, durante décadas, una voz obstinada que se atreve a quedarse. Por eso esta designación es un acto profundamente político —en el sentido más noble del término— y, al mismo tiempo, profundamente pastoral.
Alfonso García López nació en Juradó, en el confín húmedo del Chocó; se ordenó sacerdote en Istmina y fue párroco en pueblos que apenas figuran en los registros: Bahía Solano, Cupica, Río Iró.
Su hoja de vida es también academia: una maestría en administración de empresas en Estados Unidos, estudios bíblicos y pedagógicos en Colombia, y formación teológica en el ITEPAL. Un cura que estudia sin perder el oído del pueblo. Un hombre de sotana y mochila, que ha sido exorcista, rector, vicario general y, ahora, testigo del milagro de ser nombrado obispo sin haber traicionado su origen.
No se trata solo de un nuevo obispo. Se trata del segundo afrodescendiente en ser elevado a esta dignidad en Colombia. El primero fue Winston Mosquera, en Quibdó.
El Vicariato Apostólico de Guapi fue erigido como prefectura en 1954, elevado a vicariato por Juan Pablo II en 2001, y desde entonces ha sido un punto de resistencia cristiana frente al abandono estatal, al conflicto armado y a la desmemoria nacional. No es exagerado afirmar que en sus 10 parroquias y más de 7.000 fieles se juega, en parte, la credibilidad de la Iglesia en Colombia: si se mantiene del lado de los empobrecidos o si sigue refugiada en centros urbanos con aire acondicionado y sermones vacíos.
García López ha aceptado que su misión no es construir catedrales, sino sanar fracturas. Y eso, en estos tiempos, es más urgente que cualquier bula.
Las iglesias que se erigen sobre los esteros del Pacífico no están hechas de mármol, sino de esperanza. Y esa esperanza, ahora, tiene un nuevo rostro. Uno que viene del pueblo. Uno que no le teme a la lluvia ni al olvido.
A las autoridades eclesiales y civiles, el llamado es claro: acompañen. Escuchen. No lleguen con planes de escritorio. Lleguen con los pies descalzos y el corazón dispuesto.
El Evangelio no pide permiso para entrar. Solo necesita ser encarnado. En García López, el Pacífico caucano ha encontrado un cuerpo para su voz.
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